APLAUSOS FUERA, LUCHA POR DENTRO

 Cómo la presión de una disciplina artística de alto rendimiento afecta a las personas

TEXTO DE SOFÍA PÉREZ PINEDO

Sofía Pérez

Terapeuta y Maestra de Reiki


Entrar en una academia de baile de alto rendimiento no es solo aprender coreografías. Es entrar en un sistema donde el cuerpo, la mente y la emoción están constantemente bajo presión. Desde el primer día entendí que no bastaba con amar la danza: había que demostrar, sostener y rendir.


Llegué como nueva a un grupo donde ya llevaban años bailando. Yo traía entusiasmo, ilusión y el deseo profundo de bailar aquello que tanto había anhelado. Quería estar a la altura, aprender rápido, no fallar. Esa necesidad de demostrar empezó a sembrar una presión silenciosa que, con el tiempo, fue creciendo.

Después de un año llegó el escenario. Estaba lista para darlo todo. Pero el escenario no solo trae luces y aplausos: también expone miedos.


Bailábamos con vestuarios que daban calor, faldas que pesaban más que yo en cada giro. Actuábamos en lugares donde el calor era intenso y el aire parecía no alcanzar. Lo que debía ser disfrute comenzó a transformarse en resistencia.


Mientras bailaba, la garganta se me secaba, el cuerpo se agotaba antes de tiempo y las vueltas no salían como debían. Miraba de reojo a las otras chicas y sentía que no llegaba, que algo en mí se quedaba atrás. El corazón me latía con fuerza, casi con miedo, y dentro de mí convivían dos voces opuestas. Una que decía: «Ya no puedo más». Y otra que gritaba: «tienes que hacerlo, no puedes fallar».


Eso es estar bajo presión: cuando el cuerpo pide parar, pero la mente exige continuar. Terminaba la actuación y el teatro estallaba en aplausos. La gente se levantaba de emoción. Desde fuera, todo era éxito. Pero yo estaba sin aliento, tratando de calmarme, de recuperar el aire y el pulso.


Sentía felicidad por estar ahí, por haberlo logrado, pero también una profunda frustración. La sensación de que algo pudo salir mal no me abandonaba. No toleraba cometer errores, porque sentía que de mí dependían otros proyectos, otras oportunidades. Continué ensayando, pero algo había cambiado. La ilusión ya no era la misma. El cansancio emocional se sumó al físico. Empecé a preguntarme cómo era posible que algo que amaba tanto se estuviera convirtiendo en algo que rechazaba.


La presión constante fue apagando el disfrute. Mi cuerpo empezó a hablar a través del agotamiento, la ansiedad, la dificultad para respirar. Y fue ahí cuando entendí que el problema no era el baile, sino la presión acumulada.


El hábito del autotratamiento de Reiki se convirtió en una clave fundamental para aprender a escuchar a mi cuerpo sin juzgarlo. A través de esa escucha consciente, comencé a recibir información valiosa y, con el tiempo, fui tomando conciencia de los bloqueos, limitaciones y situaciones que no me permitían avanzar. En mi caso, pude reconocer que el cansancio, la ansiedad no era una debilidad, sino un mensaje que necesitaba ser atendido.


Ese mensaje me llevó a identificar el origen de la presión constante que me acompañaba: la necesidad de validación, la creencia a fallar, el miedo a no ser suficiente y una autoexigencia aprendida. En ese proceso, la conexión, el trabajo con mi niña interior y poner en paz mensajes transmitidos resultaron esenciales para sanar.


A partir de esa toma de conciencia, comencé a implicarme activamente y a actuar, algo clave para transformar, superar creencias y heridas acumuladas que no me permitían ser auténtica ni disfrutar de lo que hacía. Poco a poco, mediante un trabajo de autoobservación, junto de la mano de la Terapia de Reiki, la presión ha dejado de dominar cada experiencia. Me di permiso para sentir, para equivocarme, para confiar en mí y para reconocer que soy suficiente, sin necesidad de demostrarlo constantemente.


Hoy puedo decir que vivir bajo presión puede llevar al límite incluso aquello que más amamos. Cuando la exigencia supera al disfrute, el cuerpo lo expresa. Escuchar esos mensajes y atender el origen es un acto de valentía.

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