EL DÍA QUE ENTENDÍ QUE NO ERA MI HISTORIA

Mi madre me repetía cuando era niña que los hombres eran todos infieles

TEXTO DE SOFÍA PÉREZ PINEDO

Sofía Pérez

Terapeuta y Maestra de Reiki


Desde pequeña, la visión que tuve sobre los hombres estuvo marcada por una historia que no era mía, pero que se instaló profundamente en mi interior. Mi madre, desde su propio dolor, siempre nos repetía que los hombres eran infieles, que no debíamos creer en ellos y que teníamos que ser mujeres autosuficientes para no depender nunca de uno. Ella había vivido varias infidelidades en su vida y la peor fue de parte de mi padre la cual generó un rotundo divorcio. Sin darse cuenta, ese miedo, ese dolor y esa herida se convirtieron en creencias que mis hermanas y yo adoptamos como propias.


Así comenzó a gestarse en mí la herida del rechazo sin saberlo. Cada vez que un hombre se acercaba, algo dentro de mí se cerraba. No podía mirarlos a los ojos, no lograba identificarme con ellos, ni conectar desde un lugar genuino. Evitaba las amistades masculinas y, cuando tenía pareja, la desconfianza era constante. Siempre dejaba claro que la infidelidad era algo que no podía perdonar, no solo por convicción, sino por un miedo profundo a ser rechazada y abandonada.


Curiosamente, hacia afuera mostraba una imagen muy distinta. Las personas me veían como una mujer segura de sí misma, fuerte, valiente y decidida. Esa era la máscara que aprendí a usar para protegerme. Detrás de ella habitaban la inseguridad, la baja autoestima, el miedo y un cúmulo de creencias limitantes sobre los hombres y sobre mi propio valor. Rechazaba antes de sentirme rechazada.


Cuando conocí a quien hoy es mi marido, ese patrón volvió a activarse. Al inicio me comportaba de la misma manera: desconfiada, temerosa, incapaz de creer plenamente en él. Al ser una relación a distancia, mis miedos se intensificaban. Constantemente le preguntaba si no me engañaba, si era sincero conmigo, le llegué a decir que no creía en el matrimonio. En ese momento, mi autoestima estaba muy por debajo de lo que yo mostraba externamente.


Sin embargo, con paciencia, y amor, él se convirtió en un espejo y en un gran maestro para mí. No me enseñó con palabras, sino con hechos, que no todos los hombres son infieles y que no todas las historias tienen el mismo final. Pero aun yo no comprendía por qué no podía abrir mi corazón y confiar en su totalidad. 

Fue a través del Reiki que pude comprender todo esto con mayor profundidad. En cada sesión fui tomando conciencia de cómo esas creencias estaban alojadas en mí y me condicionaban a no abrirme. Desde ese espacio de Luz y de Amor, entendí que en nuestra vida llegan personas que nos ayudan a ver aquello que no hemos podido mirar por nosotros mismos y a sanar lo que hemos cargado durante años. Por eso, incluso en los procesos que duelen es importante cultivar la gratitud, ya que cada experiencia y cada persona trae un aprendizaje que nos permite crecer, sanar y evolucionar. De ahí la importancia de mantenernos abiertos, saber pedir ayuda cuando la necesitamos y contar con un terapeuta de Reiki que nos guíe y acompañe en el proceso, como fue en mi caso. Yo lo aplico actualmente como Terapeuta de Reiki con mucho amor en mis consultantes. Cada sesión y Terapia de Reiki deja un nuevo aprendizaje para ambos.


Aun así, el proceso no ha sido inmediato. La herida del rechazo sigue apareciendo en distintos momentos y situaciones. Hay partes de mí que todavía reaccionan desde el miedo, desde la desconfianza o desde la necesidad de protegerme. La diferencia es que hoy soy consciente de ello y no lo juzgo. 


Sigo en proceso, porque es un camino que se transita paso a paso. Cada sesión de Reiki, cada toma de conciencia en Terapia de Reiki, el implicarme y actuar desde la compasión es clave fundamental en el proceso de evolución. Cada acto de amor hacia mí misma me ha hecho reflexionar que el amor propio es poderoso y si lo tengo integrado en mí puedo caminar desde mi verdadera esencia. Estoy orgullosa de que poco a poco actúo y suelto lo que no me pertenece, aunque no siempre sea fácil, con la finalidad de construir vínculos desde la confianza y no desde el miedo.


Parte esencial de este proceso ha sido asumir la responsabilidad de no transmitir esta herida a mis hijas. Hoy observo con mayor presencia mis palabras, mis reacciones y mis creencias. Elijo actuar desde la conciencia, no desde la herida. Volver a mí, se ha convertido en un acto de amor hacia ellas: una manera de sanar el linaje, romper patrones familiares y dar origen a un nuevo legado sostenido en la confianza, el respeto y la libertad.

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