JUEGO DE PERDICIÓN
Detrás de una adicción como el juego hay heridas, necesidades y emociones no expresadas
TEXTO DE MARÍA TERESA NÚÑEZ DE ARENAS AGUIRRE

Terapeuta y Maestra de Reiki
Hay dolores que cambian completamente la vida de una familia. La adicción de un hijo es uno de ellos. Cuando un miembro de la familia tiene una adicción como el juego nadie permanece al margen. En la casa cambian las conversaciones, las rutinas, la confianza, ya no hay esa tranquilidad que había antes.
Hace un tiempo llego a mí una persona que no venía buscando ayuda para ella, venia buscando una forma de salvar a su hijo. Su hijo tenía poco más de 18 años había dejado los estudios y había empezado a trabajar. Tenía dinero y eso le hacía sentir independiente y libre, pero también apareció el juego. Al principio para él era una diversión que compartía con amigos. Cuando ganaba le daba el subidón, pero cuando perdía tenía la necesidad de recuperar lo perdido. Lo que empieza siendo algo puntual termina convirtiéndose en una necesidad. Llegó un momento en que el sueldo ya no era suficiente y empezó a pedir dinero prestado a sus amigos, conocidos, a la familia... Llegaron las mentiras y los pequeños robos de dinero en casa. Ahí es cuando la desconfianza en el ámbito familiar se instala. Las promesas duran poco.
Cuando algo así ocurre es inevitable como madre sentirse culpable y te haces preguntas: ¿Que hice mal? ¿Lo protegí demasiado? ¿Le puse pocos límites? ¿Debería de haber insistido para que no dejara los estudios? Y muchas preguntas más...
Creemos las madres que todo depende de nosotras y eso nos hace sentir culpables, pero la vida es mucho más compleja, no existe un único culpable, la adicción al juego no empieza el día que entras a un salón de juegos, empieza mucho antes cuando no eres capaz de gestionar la frustración, el miedo, la tristeza o la sensación de no ser suficiente. Todo esto empieza en la infancia.
Hay niños que crecen sobreprotegidos, otros aprenden a esconderse para no molestar, otros viven con exigencias constantes. Cada persona tenemos nuestra historia y no hay que buscar culpables.
En las sesiones de Reiki con esta madre se dio cuenta que ella también necesitaba ayuda. Estaba agotada, dormía poco. Se había descuidado ella misma. Toda su energía la había volcado en evitar que su hijo siguiera destruyéndose. En Reiki no buscamos cambiar las decisiones de nadie, ni ofrecemos soluciones mágicas, lo que si ofrecemos es un espacio para escuchar y acompañar a la persona en su propio proceso de sanación. Con las sesiones comprendió que amar no significa rescatar constantemente, que su hijo tenía que asumir sus responsabilidades. Después de hablar con su marido de la situación tomaron una decisión muy dolorosa para ellos y que jamás imaginaron tenerla que tomar. Le pidieron a su hijo que se fuera de casa, no podían seguir haciéndose responsables de sus deudas, ni que rompiera sus promesas una y otra vez. Muchas veces necesitas tocar fondo para darte cuenta de que necesitas esa mano que te quiere ayudar.
Por supuesto que no todas las historias son iguales, cada familia vive su propio proceso, por eso es tan importante contar con el apoyo, sostén y acompañamiento terapéutico como en este caso, donde la madre comprendió que no podía recorrer el camino de su hijo, tenía que recorrer el suyo propio. No podía vivir desde el miedo o la culpa. Aprendió a poner límites y entender que por eso no va a dejar de querer a su hijo. Aprendió que cuidar de su familia no significaba cargar con el peso de todos. Reiki ha sido para ella un espacio donde respirar y volver a encontrarse. Su hijo ha pedido ayuda de profesionales y está recorriendo su propio camino.
Nos olvidamos que detrás de una adicción hay heridas, necesidades y emociones no expresadas y aunque el camino no sea fácil siempre existe la posibilidad de volver a empezar.
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