EL MIEDO A SEGUIR VIVIENDO
Testimonio de una madre que se vio sustituida tras separarse de su pareja
TEXTO DE LAURA DE FRUTOS MARTÍNEZ

Maestra de Reiki
Hay un miedo del que se habla poco. No es el miedo a morir, sino el miedo a seguir viviendo. Es un temor silencioso que aparece cuando la vida te hiere profundamente, cuando las pérdidas, las decepciones o el dolor han agotado todas tus fuerzas. En esos momentos, levantarse cada mañana puede sentirse como una montaña imposible de escalar.
Este miedo no siempre se expresa con palabras. A veces se manifiesta como un cansancio permanente, desmotivación, ansiedad o una profunda sensación de vacío. Otras veces nos lleva a refugiarnos en la rutina, evitando cualquier cambio por temor a volver a sufrir. Sin darnos cuenta, dejamos de vivir plenamente y comenzamos, simplemente, a sobrevivir.
Hace no muchos años vivía convencida de que lo tenía todo: pareja, hijos, trabajo, una casa... Sin embargo, en algunos momentos percibía que algo no terminaba de encajar en mi familia. Aun así, acallaba esa intuición una y otra vez, convenciéndome de que era feliz porque había conseguido todo aquello que siempre había deseado.
Hasta que un día, en menos de un segundo, todo se derrumbó. El descubrimiento de una infidelidad y de una larga cadena de mentiras hizo que el mundo que había construido dejara de existir. De repente, me vi inmersa en una batalla de divorcio para la que no tenía ni fuerzas ni siquiera ganas de luchar.
Mientras yo intentaba comprender lo que estaba sucediendo, mis hijos llegaban a casa contentos después de pasar tiempo con su padre. Recuerdo especialmente una frase de mi hijo pequeño que atravesó mi corazón: «Mamá, tengo mucha suerte porque ahora tengo dos mamás».
Cuando te sientes sustituida y ves a tus hijos felices formando parte de otra realidad, algo dentro de ti se rompe. Dejas de reconocer tu lugar en el mundo. El miedo a afrontar una vida en soledad se mezcla con un profundo sentimiento de rechazo hacia una misma. La mente comienza a construir un discurso cruel, haciéndote creer que ya no eres suficiente, que has dejado de ser importante y que tu presencia apenas tiene valor.
Mis hijos eran el único ancla que me mantenía unida a la vida. Sin embargo, incluso ese amor comenzó a distorsionarse bajo el peso del dolor. Llegué a pensar que ellos estarían mejor sin mí. Creía que ya no me necesitaban, que tenían un padre y otra figura materna que, seguramente, sabrían cuidar de ellos mejor que yo.
Ese es el rostro más silencioso del miedo a seguir viviendo: cuando el sufrimiento consigue hacerte dudar de tu propio valor y te convence de que el mundo estaría mejor sin tu presencia. Es un miedo que no grita, sino que susurra, día tras día, hasta hacerte creer que desaparecer sería más fácil que seguir adelante.
Desde la visión del Reiki, cuando el miedo permanece durante mucho tiempo, el cuerpo, la mente y el espíritu entran en desequilibrio. La energía deja de fluir con libertad y aparecen bloqueos que afectan tanto a nuestra salud física como emocional. Sin embargo, el Reiki nos recuerda que, incluso en los momentos más oscuros, la energía de la vida nunca desaparece. Comenzar la Terapia de Reiki y las prácticas del curso de Reiki, me hizo en cada sesión, regresar al presente, a respirar con conciencia y a permitir que la luz vuelva a entrar allí donde el miedo había cerrado las puertas de mi corazón herido.
El miedo resultó no ser un enemigo; sino un mensajero. Nos señala las heridas que necesitan ser atendidas y las partes de nosotros que reclaman amor y compasión. Cuando dejamos de luchar contra él y comenzamos a escucharlo, descubrimos que detrás del miedo suele esconderse un profundo deseo de vivir con autenticidad.
Sanar no significa dejar de sentir miedo. Significa aprender a caminar con él sin permitir que dirija nuestra existencia. La confianza no nace de la ausencia de incertidumbre, sino de la certeza de que poseemos los recursos interiores para afrontar aquello que la vida nos presente.
El Reiki nos enseña precisamente eso: a reconectar con nuestra esencia, donde habitan la serenidad, la fortaleza y la paz. A través de la práctica constante, recuperamos la confianza en la inteligencia de la vida y comprendemos que cada experiencia, incluso las más dolorosas, puede convertirse en una oportunidad de crecimiento y transformación.
Seguir viviendo es, en realidad, un acto de valentía. Es elegir abrir el corazón después de haber sufrido. Es volver a confiar después de la decepción. Es permitirnos amar, crear, soñar y compartir, aun sabiendo que la vida siempre traerá cambios e incertidumbre.
Quizá el verdadero camino espiritual no consista en eliminar el miedo, sino en iluminarlo con la conciencia. Porque cuando la luz de nuestro ser interior alcanza los rincones donde antes habitaba el temor, descubrimos que la vida nunca dejó de sostenernos.
Y entonces comprendemos que vivir no es simplemente existir, sino abrazar cada instante con presencia, gratitud y amor. Allí donde el miedo pierde fuerza, el alma recupera sus alas.
