MIRARSE AL ESPEJO
Cómo un acto cotidiano puede esconder una herida como el bullying
TEXTO DE MARTA TAPIAS MERINO

Terapeuta y Maestra de Reiki
No tengo manías. O eso creía. Cuando te miras a ti mismo, es difícil ver. Por eso, les pregunté a mi marido y a mis hijas: «¿Tengo manías o comportamientos obsesivos?». Mi marido se rio y me dijo: ¿Tú? ¡Eso es imposible! Eres demasiado despistada para eso. ¡Pero si tengo que comprobar que no te has dejado el coche abierto!». Mi hija mayor, se quedó pensando y me dijo: Mamá, para nada. Eres la persona más chill del mundo. Mi hija pequeña, sin embargo, respondió: «Bueno, lo único raro que haces es mirarte en cada espejo que ves. Y tampoco sales de casa sin maquillarte. Nunca sales sin pintarte los ojos».
En ese momento, no le di importancia. En una mujer, mirarse en un espejo es un reflejo casi automático. La verdad es que me miro al espejo antes de salir de casa, también en los cristales de los escaparates, en el espejito del coche… porque puedo olvidar cerrar el coche, pero no se me olvida echarme un vistacito en el espejo antes de salir de él. Cuando me miran por la calle, lo primero que pienso es: «¿Llevo algo descolocado?¿Me he manchado? ¿Tengo el pelo encrespado como si hubiera metido los dedos en el enchufe? ¡¿Dónde hay un espejo para comprobar que todo está bien?! ». Y, probablemente, la persona que me ha observado solo tiene la mirada perdida. O es un interés genuino. Da lo mismo. Lo importante, es la reacción que observo en mí, que tengo desde hace tantos años.
Mi madre, a sus 86 años, es una mujer de aspecto cuidado. creo que no haberla visto desaliñada nunca. Mi abuela, también fue así hasta el final. Un pequeño punto de coquetería es muy femenino. Estar presentable en cualquier momento está bien visto. Quizá por eso nunca le di importancia. Puede, sin embargo, enmascarar heridas del pasado, conflictos sin resolver, olvidados. Comprobar demasiado a menudo que todo está en su sitio es la respuesta a un miedo a que se vuelva a repetir una circunstancia que me hirió. Puede ocurrir que algo en mi atuendo o en mi persona provoque una reacción en los demás que me haga sentir rechazada.
Mi abuela fue la primera mujer de su barrio en casarse de blanco. Ahora es la costumbre, pero a principios del siglo pasado era excepcional. Fue costurera. No era rica, pero pudo llevar un vestido de novia. Siempre contaba con satisfacción ese logro. Y jamás se le habría ocurrido bajar a la calle en zapatillas de estar por casa, en bata y con la redecilla y los rulos en el pelo como hacían muchas de sus vecinas. Contaba cómo era su trabajo en un taller de costura. Cosía junto con sus compañeras al tiempo que cantaban y reían hasta que la francesa que lo regentaba las insultaba y las llamaba “têtes de cochon”. En aquella época, rebelarse ante un insulto habría significado perder el trabajo. Quizá el mostrarse siempre arreglada, el casarse de blanco, fue ese acto de rebeldía. Ese mostrar al mundo que era mucho más que una “tête de cochon”. El reconocimiento social, la mirada de los demás, era muy importante.
Mi querida madre, fue una belleza en su juventud y aún ahora es una bonita mujer de su edad. De joven, vestía con la ropa que cosía con su madre. Siempre iba bien peinada, bien vestida. Podía ser ropa modesta, pero desde luego, estaba limpia, planchada, repasada, con guantes, medias y un pañuelo limpio en el bolso. Antes de casarse trabajó en una mercería. Allí compraban señoras que eran atendidas por dependientas en uniforme. Dejaban escogidas las prendas que después un botones llevaba a su casa por la puerta de servicio. Siendo mi madre una de las empleadas con mejor presencia, el encargado le pidió que cambiara el uniforme por su ropa de calle para hacer una gestión en un banco. Al verla con su ropa modesta, le espetó: “¿Usted no tiene algo mejor con lo que vestirse? Mejor cámbiese y vuelva al trabajo. Con esa ropa no puede presentarse en el banco”. Mi madre volvió cabizbaja al trabajo sin poder responder que con la miseria de salario que pagaban, era imposible conseguir algo de mejor calidad y sufriendo vergüenza por no estar presentable a ojos de ese personaje.
De niña, fui a un colegio concertado. Era el mejor colegio de mi barrio. Mis hermanos y yo, estudiamos en la Universidad. Cuatro en total. Fue un esfuerzo muy importante. Siento un profundo agradecimiento por ello. En aquel colegio, la ropa que llevabas hacía la diferencia entre ser o no aceptado. Debía ser de marca. Mis padres no podían pagarla, así que fui automáticamente rechazada. Mi timidez no ayudó. El ser la pequeña de mis hermanos y estar a menudo a su cuidado me dio la sensación de ser una carga. Me costaba relacionarme y hacer amigos. La situación empeoró cuando tuve que llevar gafas y pasé por un tratamiento de ortodoncia. Ahora se llama bullying. Antes, estaba bastante normalizado que algunos niños no socializaran bien, sufrir burlas o que te excluyeran. Séptimo y Octavo de EGB fueron dos años duros. Al comenzar el bachillerato, sin gafas y con la sonrisa bonita, con compañeros que pasaban de marcas, mi situación cambió. En mi juventud siempre me consideré una chica del montón. En realidad, era del montón de las guapas, pero no me lo terminaba de creer. Esa herida quedó integrada en mí: la creencia de que podía llamar la atención en sentido negativo y de que me rechazarían de nuevo. La inseguridad no me ha impedido tener una vida que podría considerarse normal. ¿Qué oportunidades he dejado pasar por esa inseguridad sin sanar?
Gracias al Reiki he llegado a la raíz y a ser consciente de todo esto. No para buscar responsables ni para juzgar, sino para entender y trascender. Para impedir que ese legado pase a mis hijas. Para aprovechar todo mi potencial y sanar la herida. Para conocerme más y ser yo, sin condicionamientos, ni miedos. Para disfrutar de la vida con plenitud.
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