UN PATRÓN COMO REFUGIO
Gracias al Reiki pude saber de dónde me venía la manía de ser tan ordenada
TEXTO DE SOFÍA PÉREZ PINEDO

Terapeuta y Maestra de Reiki
El orden me ha acompañado toda la vida. Durante mucho tiempo pensé que simplemente “era así”, que me gustaba tener todo en su lugar, que era una virtud o una costumbre heredada, pero con los años entendí que el orden fue mucho más que eso: fue mi refugio.
De niña compartía habitación con mis dos hermanas. Era una habitación grande, con tres camas, juguetes por doquier y muñecos sentados en sillas alrededor. Yo soy la mayor de las mujeres y aunque era solo una niña, sentía que sobre mí caía una responsabilidad silenciosa. El cuarto nunca permanecía ordenado por mucho tiempo. Yo lo acomodaba… y al poco rato volvía el desorden. Ese ciclo interminable me generaba enojo, frustración, una sensación de que nunca era suficiente.
Cada una tenía su rincón para jugar con las Barbies. El mío estaba debajo del lavamanos. Era pequeño, pero era mío. Ahí vivían mis sueños, mis muñecas, mi mundo. Todo estaba cuidadosamente ordenado. No dejaba que nadie jugara ahí, no por egoísmo, sino porque ese espacio era el único lugar donde sentía calma y control. Las casitas de mis hermanas eran un caos; la mía, un santuario.
Cuando había desorden, mamá nos pedía recoger, pero la mayor parte del trabajo recaía en mí. A veces porque era la más grande, otras porque yo misma asumía que si no lo hacía, habría regaños. Aprendí pronto que cumplir, anticiparme y mantener todo en orden me daba algo muy valioso: tranquilidad y aprobación.
Con los años, cuando mi hermano mayor se casó y dejó su habitación, la tomé como propia. Por fin un espacio solo para mí. Cerraba la puerta con llave. Nadie entraba. Nadie desordenaba. La decoré con estrellas brillantes en la pared, tenía mis cajones ordenados, mi cama impecable, la alfombra siempre limpia, esa habitación era libertad. era paz. Era poder respirar.
Ese patrón me acompañó siempre: En el colegio la mochila perfectamente ordenada, la casa organizada, los objetos siempre en el mismo lugar. Al casarme, el orden seguía siendo mi forma de sentirme segura. Me incomodaba que cambiaran las cosas de sitio. Indicaba a las visitas dónde iban los vasos, los platos, las cucharas. Luego, con mis hijas, el mismo impulso aparecía. Yo creía que todo eso era normal, pero había algo más profundo.
Fue a través del Reiki que pude ver esta manía -que para mí era normal- y di con la raíz que es lo principal. Sobre todo, desde la compasión. Entendí que esa manía nació del miedo, del deseo de estar bien. De sobrevivir emocionalmente. Era la manera que encontró mi niña interior para no ser regañada, para sentirse valiosa, para tener un espacio propio en medio del ruido. El orden era control cuando no había control. Era calma cuando afuera había caos.
La Terapia de Reiki me ayudó a mirar esa historia con otros ojos. A abrazar a esa niña responsable, cumplidora, ordenada, y decirle: «Gracias por haber sido tan responsable, tan atenta, tan ordenada. Hoy quiero decirte algo importante: ya no estás sola. Ya no necesitas vigilarlo todo ni hacerlo perfecto para estar a salvo. Puedes descansar. Puedes jugar. Puedes equivocarte. Ya no tienes que cargar con todo, porque yo estoy aquí y te permito que respires y confíes».
El «solo por hoy, no te preocupes» se convirtió en una guía profunda. Este principio de Reiki me enseñó que podía relajar la mente, confiar y permitirme vivir sin esa tensión interna que me acompañaba desde siempre.
Ahora sé que el orden puede seguir existiendo, pero desde un lugar sano, flexible y ya no me autoexijo. Estoy aprendiendo a disfrutar del momento, incluso si la colada no está hecha o si mis hijas no han recogido su habitación. Aprendí que la verdadera paz no está en que todo esté perfecto, sino en permitirme vivir sin controlar todo o a todos.
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