POMPAS: EL ESPEJO QUE LLEGÓ A NUESTRAS VIDAS

Como una westy con carácter al recibir Reiki nos empezó a mostrar enseñanzas a la familia

TEXTO DE SOFÍA PÉREZ PINEDO

Sofía Pérez

Terapeuta y Maestra de Reiki


Hace casi cinco años adoptamos a Pompas. Cuando llegó a nuestra vida tenía 11 años. Hoy está a punto de cumplir 16, y puedo decir que ha sido uno de esos regalos que, aunque al principio no entendemos, con el tiempo descubrimos que quizá ya estaban escritos para nosotros.


Durante mucho tiempo buscamos adoptar un perro. Enviamos solicitudes a protectoras, nos apuntamos a todo lo que encontrábamos y, aunque teníamos muy claro lo que queríamos, las cosas no terminaban de darse. Yo imaginaba un perro joven, enérgico, de esos que pudieran acompañarme a correr y compartir conmigo una vida llena de actividad. Pero la vida tenía otros planes. Después de días, semanas y meses buscando, un chico se puso en contacto con nosotros porque había visto el interés que teníamos por Pompas. Nos contó que tenía 11 años y que era hembra. Y decidimos conocerla. Y bastó ese primer encuentro. Desde el primer contacto nos encantó.


Pompas es una una westy, de tamaño pequeña pero enorme de carácter. Evidentemente, no era la compañera de running que yo había imaginado, jajaja. Una westy de esa edad no iba a acompañarme a correr, y además pronto descubrimos que tenía una personalidad muy particular.


Desde el principio me recordaba muchísimo a un gato: independiente, a su bola, con las cosas muy claras y con un carácter fuerte. Tanto, que al principio hasta me daba miedo cargarla. Es más, ni siquiera se dejaba.

Con el tiempo fuimos conociendo cada una de sus peculiaridades. Cuando salíamos a pasear teníamos que estar muy pendientes. Si había un perro que no le gustaba, podía intentar morderlo. No quería que la tocaran. No quería demasiadas confianzas, ella tenía sus amigos preferidos. A veces se tumbaba y parecía que estaba invitando a que le acariciáramos la barriga. Pero había que tener cuidado, porque en cualquier momento podía llegar una mordida. Y los timbres de la puerta eran otro capítulo. Ladraba muchísimo cuando alguien llamaba, tuvimos que cambiar de peluquería porque no se dejaba tocar y podía morder a quien intentara manipularla. Esa era Pompas. O, al menos, esa era la Pompas que nosotros conocíamos.


Y ENTONCES APARECIÓ REIKI


Cuando comencé a hacer Reiki, evidentemente, Pompas también se convirtió en parte de mi práctica.

La primera sensación no fue especialmente amigable. Cuando intentaba hacerle Reiki, Pompas se levantaba y se iba, normal porque los animales sienten mucho la energía. Y respeté su decisión. Pero había algo curioso: aunque no quisiera recibir Reiki directamente, siempre estaba a mi lado cuando yo hacía mis Autotratamientos de Reiki. De alguna manera, ella estaba allí, también recibía y se purificaba con esa energía y espacio purificado.


Con el paso del tiempo comencé a trabajar con Reiki la situación relacionada con su carácter, que se enseña en el curso de nivel 2 de Reiki. No fue algo que cambiara de un día para otro. Poco a poco, con paciencia y observación, empezamos a notar cambios. Pero el verdadero aprendizaje no estaba solamente en que Pompas cambiara, estaba en lo que ella me estaba mostrando.


Como terapeuta de Reiki, llegó un momento en el que me hice una pregunta que cambió mi manera de verla: ¿De quién es ese carácter? ¿Quién en mi familia no se deja tocar? ¿Quién tiene dificultad para recibir una caricia, un contacto, una muestra de afecto? ¿Quién necesita mantener cierta distancia? ¿Quién, como Pompas, tiene su propio espacio y no permite que cualquiera entre en él? Y entonces lo vi. Pompas estaba haciendo de espejo. Pompas había llegado para mostrarnos algo que necesitábamos mirar y trabajar. Yo misma soy así en algunos aspectos, los cuales poco a poco los he ido trabajando y trascendiendo y mi hija mayor también, curiosamente, ella es precisamente quien pasa más tiempo con Pompas y quien tiene un vínculo especialmente estrecho con ella. Aquello me hizo hacer conciencia que quizá la relación entre un animal y su familia tiene muchas más capas de las que vemos a simple vista.


Muchas veces buscamos respuestas fuera, si nuestro perro tiene un comportamiento que nos preocupa, pensamos en llevarlo al veterinario, buscar un entrenador, cambiarle la alimentación o encontrar alguna técnica para modificar su conducta. Y, por supuesto, hay situaciones en las que todas esas herramientas son necesarias y debemos acudir a los profesionales correspondientes. Pero también creo que existe otra pregunta que podemos hacernos: ¿Qué me está mostrando este animal sobre mí? Porque nuestros animales viven con nosotros. Observan nuestras emociones, nuestros hábitos, nuestras formas de relacionarnos. Conviven con nuestras alegrías, nuestros miedos, nuestras tensiones y nuestras maneras de poner límites o de abrirnos al contacto. Y desde mi experiencia con ReikI, los observo también desde ese lugar, y sobre todo para abrir una puerta hacia la conciencia.


Durante mucho tiempo pensé que yo había adoptado a Pompas. Hoy siento que, de alguna manera, Pompas también me adoptó a mí y a mi familia. Llegó siendo una perrita mayor, cuando yo estaba buscando exactamente lo contrario. No era joven, no era energética, no podía acompañarme a correr. Y, sin más era ella la perrita que necesitábamos, la que vino a enseñarnos paciencia, la que nos obligó a respetar los límites de otro ser, la que nos enseñó que no todo contacto tiene que ser aceptado y que querer a alguien también significa respetar cuando ese alguien dice «no». Quizá por eso hoy entiendo de otra manera esa frase que tantas veces escuchamos: «Los animales son iguales a sus dueños».


Tal vez no se trata solamente de que se parezcan físicamente, o que sean un reflejo de la familia, tampoco significa que cada comportamiento de un animal sea un reflejo literal de su familia, creo que, cuando somos conscientes y observamos con atención, nuestros animales pueden convertirse en grandes maestros.


CINCO AÑOS DE AMOR



Y qué maravilloso ha sido el camino. Hemos gozado muchísimo de ella. Su transformación se ha notado, ahora ella ya no ladra con el timbre de la puerta, ni con el del teléfono, ha cambiado mucho su temperamento, es más sociable, más amigable, no tan mala leche.


Ellos vienen a acompañarnos, vienen a enseñarnos. Vienen a mostrarnos partes de nosotros que necesitábamos reconocer. Y algunas veces, como me pasó con Pompas, llegan para convertirse en un espejo. Un espejo pequeño, peludo, de cuatro patas y con mucho carácter. Un espejo que, después de casi cinco años, sigo agradeciendo profundamente haber encontrado.

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