FERNANDO, EL REY DE LA CASA

Efectos y evolución de hacerle Reiki a mi cobaya

TEXTO DE LAURA DE FRUTOS MARTÍNEZ

Laura de Frutos Martínez

Maestra de Reiki


Cuando pensamos en Reiki, solemos imaginar una persona recibiendo una sesión, relajándose bajo las manos del terapeuta y dejando que la energía fluya. Pero los animales también pueden formar parte de esta experiencia, y quizá ellos nos enseñen una de las formas más puras de recibir: sin expectativas y sin necesidad de comprender.


En mi caso, esta experiencia ha sido especialmente bonita con mi cobaya. Le he hecho Reiki varias veces. No con la intención de conseguir una reacción concreta, ni esperando que sucediera algo extraordinario. Y ocurrió algo que me llamó mucho la atención.


Mientras realizaba Reiki, se quedaba quieta, observándome. Su cuerpo parecía relajarse y permanecía allí, tranquila, compartiendo conmigo ese momento. Pero la experiencia no terminó cuando dejé de hacer Reiki.

Desde entonces he observado algo que me emociona especialmente: me busca. Me persigue por la casa y, cuando estoy sentada, se acerca y se tumba sobre mis pies a descansar. Puede parecer un gesto pequeño. Para mí no lo es.


No puedo saber qué experimenta exactamente cuando recibe Reiki. No puedo preguntarle qué siente ni qué significa para ella ese momento. Y precisamente por eso prefiero no poner palabras donde no las hay.

Prefiero observar. Porque quizá una de las mayores enseñanzas que nos ofrecen los animales sea precisamente esa: aprender a escuchar sin palabras.


Cuando ofrecemos Reiki a un animal, creo que es fundamental recordar que no somos nosotros quienes debemos decidir cómo tiene que ser la experiencia. Podemos ofrecer, acompañar, permanecer presentes, pero es el animal quien decide. Puede acercarse, quedarse unos minutos, cambiar de posición, marcharse o volver. Puede aceptar nuestras manos o simplemente permanecer cerca. Y todo está bien.


El Reiki, desde mi experiencia, no necesita ser impuesto. Cuando lo ofrecemos desde el respeto y sin expectativas, se convierte en un espacio de relajación. Quizá esa sea también una de las razones por las que trabajar con animales puede resultar tan especial para un practicante de Reiki. Ellos no están pensando en si la sesión funciona. No están esperando sentir calor en las manos, cosquilleo o alguna experiencia determinada. Simplemente están. Los animales perciben nuestro estado, nuestra presencia y nuestra manera de acercarnos a ellos. Cuando estamos tranquilos, nuestra forma de tocar, mirar y acompañar también cambia. Por eso, más allá de intentar definir qué ocurre energéticamente durante una sesión, para mí existe algo indudable: el momento de conexión. Una conexión que no necesita explicaciones.


En mi caso, quizá la señal más bonita no haya sido lo que ocurrió mientras hacía Reiki, sino lo que ocurrió después. Que mi cobaya quiera estar cerca de mí. Que me siga. Que se acerque cuando estoy sentada. Que se tumbe sobre mis pies a dormir. Quizá esa sea su manera de comunicarse conmigo. Y quizá no necesitemos saber mucho más.


A veces pensamos que somos nosotros quienes ofrecemos Reiki a los animales. Pero, después de vivir estas pequeñas experiencias, me pregunto si no será también al revés. Quizá ellos nos ofrecen algo a nosotros.

Nos enseñan paciencia. Nos enseñan presencia. Nos enseñan a respetar los tiempos del otro. Nos enseñan que no todo necesita una explicación. Y, sobre todo, nos enseñan que la confianza se construye poco a poco y que la conexión puede existir incluso cuando no compartimos el mismo lenguaje.


Mi cobaya no sabe qué es Reiki. No necesita saberlo. No necesita ponerle un nombre a lo que ocurre. Simplemente se queda. Y después vuelve a buscarme. Por eso, cada vez que se tumba sobre mis pies, no puedo evitar pensar que quizá el Reiki haya creado un pequeño espacio de confianza entre las dos. O quizá simplemente me esté enseñando algo mucho más sencillo: que cuando ofrecemos amor, presencia y respeto, no siempre necesitamos recibir una respuesta con palabras.


A veces basta con que alguien, aunque tenga cuatro patas y no pueda hablar, elija quedarse a nuestro lado.

Y entonces comprendemos que la conexión más profunda no siempre se explica. A veces, simplemente, se siente.